Carmen y las ovejas

Carmen se sentaba sola a leer todos los días en el recreo. A nadie le importaba, a ella tampoco, con un libro tenía todo lo que necesitaba. Además estaba acostumbrada, desde pequeña, había visto como un sin fin de Martinas, Alejandras, Paulas y Lucías le daban de lado. Decían que su nombre era muy antiguo, pero a Carmen, todas ellas les parecía muy modernas, como robots cortados por el mismo patrón.

Todas vivían en estupendas casas adosadas con piscina, todas tenían madres que tenían tiempo para llevarlas a mil actividades extra escolares  y además ir a clases de pilates y padel. Todas tenían un padre al que apenas veían entre semana, pero con un puesto de trabajo muy importante en algún banco o empresa. Pero Carmen no. Carmen vivía en un pequeño piso, con su madre, no conocía a su padre y no tenían dinero para actividades extra escolares ni tiempo para clases de pilates. Malena, trabajaba por las mañanas y por las tardes limpiando las oficinas donde posiblemente trabajaban los padres de todas las Martinas del mundo. Por suerte para ella, Carmen había demostrado una madurez sorprendente desde que era pequeña, así que desde que tenía 8 años la dejaba sola en casa por las tardes. Ella hacía los deberes, estudiaba y cuando Malena regresaba a casa, ya estaba duchada y con el pijama puesto.

A Carmen no le importaba no ser cómo las demás. Tenía demasiado trabajo intentando ser sólo Carmen. Quería viajar, conocer muchos lugares y escribir libros como los que leía en el recreo, hablando de sus aventuras. Sabía que no sería fácil. Una vez escuchó a su madre decir que la vida era más fácil para las ovejas que para los lobos. En ese momento no lo entendió muy bien, los lobos se comían a las ovejas, ¿cómo iban a tener las cosas fáciles si tenían que estar huyendo y atentas siempre a los hambrientos lobos? Pero conforme fue creciendo, lo entendió. Cuando hay muchas ovejas, no importa los estúpidas e inútiles que sean, tienen fuerza suficiente para extinguir a los lobos. Eso le habían hecho a ella, nunca la invitaban a jugar, ni a los cumpleaños, nunca la elegían en la clase de gimnasia, las ovejas Paulas, intentaban anularla por no ser cómo ellas, por no tener un padre, por no saber quién era Violetta y sí quién era Lunnaris. No le pondrían las cosas fáciles jamás.

Pero Carmen, que sabía que el suyo era un nombre de mujer fuerte, nunca envidió a las ovejas, sabía que mientras ellas sólo podrían pastar hierba y no salirse del rebaño, una loba podría recorrer el campo entero. Disfrutaba con una madre que no sabía nada de Thermomix, tendencias en adornos para el pelo de Pinterest o el color de uñas que se llevaba, pero que sí sabía mucho de lo que era el esfuerzo, el sacrificio y amar a su hija. No tenía televisión de pago ni video consolas, pero tenía todos los libros de la biblioteca que había cerca de su casa.  No tenía un nombre de este siglo, puede que nunca tuviera mucho dinero, ni vestidos de Pili Carrera, tal vez ni de Zara, pero tenía algo que no poseía la mayoría de las chicas de su generación: determinación para ser quién quisiera con tan sólo imaginarlo y una imaginación muy poderosa.

Porque los libros le habían enseñado una cosa, no todos tenemos la misma situación, ni las mismas oportunidades, pero todas las personas tenían algo en común, poder para intentarlo y Carmen tenía algo diferente a todas las demás, o más bien carecía de ello: no tenía que demostrar que era como todas, sólo que era ella quisiera ser.

Photo by Annie Spratt on Unsplash

By Impar

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