Cuando te caes

No importa cuantas veces caigas, sino cuantas veces te levantes, es un frase de Rocky que alguien me dijo este jueves.

El día 6 de Julio tuve un examen importante. Llevaba seis meses estudiando y haciendo test prácticamente a diario. Me lo sabía, me sentía preparada, me había esforzado mucho y aún así suspendí. Era la primera vez que me presentaba, pero la segunda que suspendía un examen de esa certificación.

En el breve lapso de tiempo que separa la entrega del examen de la entrega de resultados, ya sabía que había suspendido. Daba igual que me hubiera faltado muy poco para aprobar, el resultado era el que era. Me sentí impotente, un poco torpe, muy tonta y sobretodo agotada. Si me había esforzado tanto y no lo había conseguido, ¿qué más tendría que hacer? Tendría que empezar de nuevo, seis meses más de estudiar, de dejar de hacer cosas que me gustan por esto… Si hubiese encontrado un agujero en el que meterme en ese momento, lo habría hecho.

Luego viene el momento de dar el resultado, muchos “ánimo”, “lo siento mucho”, “no pasa nada” de los más sensibles con tu pena, los “¿pero otra vez?” “¿cómo es que los demás pueden y tú no?” de los que tienen más confianza contigo y los que no te dicen absolutamente nada. En ese momento me habría gustado haber sido peor de pequeña, haber sacado peores notas, dar más problemas y así las expectativas estarían muchos rebajadas. Odio la palabra expectativa, es una palabra trampa, fraudulenta y por norma general nunca se aplica en primera persona, sino en tercera.

Ese torbellino de sentimientos duró exactamente 20 minutos, lo que tardé en entregar el examen, salir del centro, dar la noticia y esperar las primeras reacciones. Luego me senté en la entrada de un edificio y contemplé la lluvia, diluviaba en Madrid. Necesitaba perspectiva. Era un examen, no representaba nada. Aprobar el carnet de conducir no implica que sepas conducir y viceversa, con esto pasaba igual, no me hacía ni más lista ni más tonta. Además, tampoco era un examen de salud. Respiré profundo, yo estaba bien, tenía suerte de ser yo, de la vida que tenía. Iba a ver a mis amigos, a mi sobrino y yo podía decidir cómo pasar la tarde, así que actúe sobre lo que sí podía actuar y me divertí. Porque si moría en ese preciso momento atropellada por un camión,  no quería hacerlo estando triste por un examen que nada demostraba de mi.

Ahora, dos días después, toca evaluar los fallos, ver qué he hecho mal, corregir lo que se pueda corregir,  modificar lo que haya que modificar y volverlo a intentar. Pero algo he aprendido, no volveré a dejar de hacer lo que me gusta por lo que debo de hacer, lo adaptaré a mi vida pero no volveré a pensar que ha sido tiempo perdido, que he dejado de hacer cosas por eso. Un examen no va a decidir cómo va a ser mi vida, yo soy a decidir cómo voy a superar un examen.

A pesar de todo esto, de que he conseguido levantarme, de que estoy dispuesta a presentar batalla una vez más, siempre queda detrás un hilo de tristeza. Por muy fuerte que seamos, las heridas necesitan un periodo de recuperación y aunque no es una herida profunda, sólo un rasguño superficial, todavía escuece un poquito, pero se irá y no quedará cicatriz.

No puedo actuar sobre el pasado, ni evitar lo que la gente pueda o no llegar a pensar de mí, pero puedo levantarme y seguir y en un futuro reírme de todas las veces que me caí, mientras miro hacía atrás de pie.

 

Fotografía: unsplash.com de Danka & Peter

 

 

By Impar

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