La página en blanco

Voy a escribir. Me siento, cierro el resto de pantallas del ordenador, aíslo las distracciones y me pongo delante una hoja en blanco. No sé que decir, pero aún así escribo lo primero que viene por la cabeza y lo desarrollo durante tres o cuatro frases. Las borro. Pienso que no están a la altura, que no expresan lo que realmente quiero decir o que a nadie va a interesarle. De nuevo en blanco.

Cierro los ojos y pienso que como escritora, soy un fraude, porque un escritor seguro que siempre sabe que decir y seguro que siempre saca tiempo para hacerlo. A mi no me pasa, hay veces que no tengo nada que aportar o no me apetece hacerlo, así que aplico el silencio vocal y de papel. Tampoco todos los días tengo ganas. ¿No os pasa? ¿No llega un momento en el que simplemente estás cansado de pensar y lo único que te apetece es silencio o llenar tu cabeza de la estupidez más absurda?

Entro al escritorio de WordPress, reviso las visitas obtenidas. La frase «tengo que escribir más, tengo que lograrlo» viene de forma automática a la cabeza. Recuerdo ese momento de brillantez que tuve por la mañana en el metro y me siento perezosa por no tener ganas de desarrollarla. Pero después pienso que lo que realmente no me apetece es pasar muchas más mañanas en el metro, apiñada con el resto de personas y sus caras de hastío, así que vuelvo a la hoja en blanco y lo hago. Durante los 15 primeros minutos me entran hambre, sed, ganas de ir al baño, recuerdo mil cosas que tengo que hacer después, me entra frío, calor, me falta o me sobra luz…pero si soy capaz de resistirlo, en el minuto 20 estoy concentrada. Después todo fluye, las ideas, personajes y palabras vienen solas, normalmente de forma desordenada, pero no importa, salen, quedan plasmadas en el ordenador, ya luego tocará ordenarlas. En esta fase, lo verdaderamente importante es que todo salga de dentro de mí.

Lo mejor de ese momento es cuando creo que lo lograré, de hecho no lo creo, lo logro. Soy una escritora y sé que en un futuro cambiaré los días de metro por días de escritura en un bonito café o frente a una terraza junto al mar. Esa es la mejor parte. Releo lo escrito. No es para un premio nobel, pero no importa, es un poco mejor que lo que hice ayer, seguiré mejorando. Ya no soy un fraude, ya no hay miedo al vacío ni a la página en blanco. Y no paro, nada más existe, pero la alarma del teléfono suena y es momento de dejar de escuchar a Jimena, Sofía y Ángel para escuchar a mi cuerpo. Queda media hora para mi clase de yoga.

Estoy contenta, sé que para muchas personas sólo he pasado hora y media perdiendo el tiempo delante del ordenador, pero sin embargo yo sé que he dado un paso más, que ya queda un poco menos. Y cuando salgo a la calle, camino del gimnasio, creo que el día ha estado bien, que ha sido un día aprovechado y útil. Y sonrío. Porque sí, porque puedo, porque de esos pequeños momentos se hace la felicidad.

Nos leemos impares!!

By Impar

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