Lo aceptable

Ayer, mientras caminaba por la tarde, escuché un podcast de Alex Rovira, que hablaba de las cosas que teníamos que simplemente aceptar. Y justo tras terminar de asimilar esos 11 minutos de reflexiones, sentí una imperiosa necesidad de escribir, de contarle al mundo las cosas que tenía que aceptar.

(Antes de continuar, que nadie se preocupes, sobre tú mamá. Estoy bien, solo es una reflexión).

Supongo que la primera de ellas es que me hago mayor y ahora estoy sentada en la cocina, con mi café y un ordenador un domingo a las 7 de la mañana, porque simplemente, ya no podía dormir más. Y a eso se le junta, que ya no te ves igual en el espejo, porque la gravedad también hace tu efecto en ti. Pero de esto ya hablamos en otro momento.

2020 está siendo un gran año para esto de la aceptación y para los nervios de más de uno. Soy una persona que necesita controlar lo que sucede a su alrededor y vivir sin saber qué va a pasar de aquí a unos cuantos días… uffff cuesta. Por supuesto, está en nuestra mano prevenir y respetar, pero no lo están las medidas que toman los gobiernos, la crisis económica, la inhumanidad que están demostrando muchas empresas, la gran crisis de liderazgo que está suponiendo esta pandemia. Y sin embargo, hay que vivir con esta situación y con esta mediocridad y aceptar, que más allá de lo que tú sí que puedes hacer, el resto no depende de ti y no merece la pena criticarlo o vivir en la queja fácil.

Porque sí, lo que más odio, que es la queja, creo que ha sido una de las cosas que más he practicado este año. Porque han llegado momentos en que me parecían las cosas tan injustas y tan jodidas, que si no me quejaba, si no sacaba ese sentimiento de algún modo, reventaba. Y sí, lo sé, la queja no ayuda y a lo mejor eso tan injusto, era tan solo una percepción mía, pero en ese momento, lo único en lo que era capaz de pensar era: joder, yo también tengo derecho a sentirme mal. Y el que no se sienta mal de vez en cuando, lo siento no es humano.

Dentro de la aceptación, esta semana he vivido un momento complicado a nivel ético con las redes sociales. La semana pasada estrenaron en Netflix un documental llamado «El dilema de las redes sociales». En él, algunos de los directivos de las grandes tecnológicas de Silicon Valley explicaban como las redes sociales están diseñadas para tenernos enganchados e influir en nuestros comportamientos. Desde que vi el documental, hasta que pude abrir una red social pasaron varios días.

Yo siempre he sido una gran defensora de las redes como plataformas que permiten a los usuarios contactar, acercarse a otras personas, ofrecer sus productos, sus servicios, ayuda, etc… Pero nunca me había parado a pensar en que en la red, no importas como persona, importas como número, como transacción, no deja de ser una empresa. Y por ello no les importa tenernos idiotizados, no les importa cómo millones de adolescentes viven esclavos de los likes y etiquetas que han creado para generar «engagement». Y es que al final, no es más que una gran plataforma publicitaria, donde no importa lo que venda o cómo lo vendas, mientras lo hagas.

No puedo destruir las redes sociales, ni su lado malo y pernicioso y tengo que aceptarlo. La cuestión es, ¿sigo con mis redes sociales, las cuales uso sobre todo con fines comerciales, sin más? ¿Sigo vendiendo parte de mi vida al mundo para ganar algo de dinero? ¿Debería simplemente escribir y no publicitar nada y esperar que algún día una editorial se fije en mí? ¿Cómo te das a conocer, a ti y a tu trabajo, sin las redes sociales en la actualidad?

Al final, la única conclusión a la que he llegado, es que son un gran potenciador, tanto de las cosas buenas como de las cosas malas. Y que dado que no puedo hacerlas desaparecer, intentaré centrarme en exprimir su capacidad de multiplicar por millones la parte buena, pero obligándome a no olvidar jamás su lado malo.

Otro tema del que os quería hablar, aprovechando la aceptación, y ya me vais a perdonar porque es una entrada muy larga y reflexiva, es de un podcast que estuve escuchando hace poco de Cristina Mitre, en el que entrevista a Irena Alonso. Os dejo aquí el enlace por si queréis escucharlo. Irene es periodista y cuenta su historia personal, en la cual se enfrenta a la enfermedad de sus hijos.

Es una historia desgarradora, pero no por lo triste que pueda llegar a parecer, si no por la gran lección de resiliencia y vida que te cuenta, en la que la aceptación una vez más, cuenta con un papel protagonista. Tenéis que escucharlo, sin más. Por mucho que yo pueda contaros de que va, creo que merece la pena escuchar a la propia Irene explicar como aceptas las putadas de la vida y cómo sigues adelante.

Y ahora, a las 8:15 de la mañana, me siento un poco mejor, ya he sacado gran parte de lo que necesitaba sacar y he sido capaz de sentarme y dedicarme tiempo para mí, para escribir. Y también he vuelto a leer y ahora, con el fresquito de la mañana es lo que pienso hacer, seguir leyendo «Terra Alta», de Javier Cercas. Porque de entre las cosas que tengo que aceptar y reconocer, es que no importa lo liada o estrésala que esté, siempre hay que volver a las cosas y sobre todo a las personas, que te hacen sentir bien.

Nos leemos Impares!

By Impar

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