Reflexiones de un domingo cualquiera

Hace dos días comencé a leer «Todo esto te daré», de Dolores Redondo, novela ganadora del Premio Planeta en 2016. Solo he leído unas cuantas páginas, pero nada más empezar comencé a notar la riqueza en el pensamiento del protagonista. Le dan una mala noticia y él no piensa como los demás, no actúa como lo haríamos el resto. Analiza la situación, piensa en mil cosas adicionales a su dolor y no se rompe en mil pedazos.

Ahora tengo puesto C.S.I. Miami. Voy por el cuarto capítulo de la tarde, aunque los dos primeros no cuentan porque los he pasado dormida (vivan las siestas de los fines de semana). Total, que me pierdo, CSI Miami, Horatio Kane, otro iluminado cuyos pensamientos van más allá de los del resto de humanos y encima es capaz de expresarlos con frases lapidarias incapaces de replicar. Lo siento, soy muy fan de Horatio, de su forma de quitarse las gafas y de su colección de trajes y camisas oscuras, heredadas posteriormente por Pepe Rodríguez de Masterchef.

Nos gustan las personas extraordinarias, puede que no reales, pero sí extraordinarias, con esa capacidad de caer en cosas que los demás no nos damos cuenta y con lengua afilada y siempre atinada. En cierta forma así son también los Superhéroes, porque si no tu me dirás esa capacidad innata que tienen todos para hacer chistes y chascarrillos en plena crisis mundial. Pero, ¿realmente existen esas personas que tanto nos gustan? Por ejemplo, a mí me encantan las palabras, me dedico a ellas tanto en mi tiempo libre como en mi trabajo, pero luego en una conversación, sobre todo en discusiones, soy incapaz de decir las cosas ingeniosas o simplemente las que realmente quiero decir.

Y mis pensamientos a veces tienen momentos de genialidad, pero otras van del simple «me cago en todo lo que se menea» (momento de esta mañana cuando se me han pegado las lentejas), al «ay oma, qué he hecho yo para merecer esto», (momento cualquiera cuando escucho estupideces varias o leo los comentarios que hacen algunas de nuestras ministras).

A lo que quiero llegar, que no somos como los personajes que nos gustan, ya sean literarios o de ficción, pero podemos llegar a serlo porque somos nosotros quienes los creamos, aunque luego no seamos capaces de pasar del «pero me da coraje», «no te rayes», «que puto coñazo». ¿Por qué no traspasamos esa frontera hacia la genialidad? ¿Por qué ves a un chico que te gusta (un crush que lo llaman ahora) y en tu cerebro solo sale un «bufffff» cuando en el personaje que has creado piensa «la primera vez que hablé con él, exploré todo el universo entre sus palabras y supe que a través de sus ojos infinitos y sus manos decididas transcurriría parte de mi vida».

En fin, reflexiones de un domingo lluvioso por la tarde. Nos gustaría ser lo que no somos, pero ¿cuándo seremos lo que realmente queremos ser?

Nos leemos Impares!

By Impar

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