Resoplidos de normalidad

Suena el despertador. Te quieres morir. No era esto lo que había pensado que sería el resto de mi vida cuando iba al instituto y soñaba con estudiar una buena carrera que me permitiera ganar dinero. Resoplas y comienza el día.

El metro está hasta la bola, el de al lado me ha dado un pisotón y le huelen los sobacos, tengo cita con el dentista, dos reuniones, la despedida de una compañera, un listado de cosas por hacer que nunca termino de tachar, 5 mails que responder, 12 solo para quedar informada de… y la actualidad del sector, que si puedo leeré mañana con la nueva actualidad, justo después del nuevo madrugón y de resoplar una vez más.

Reuniones importantes, cifras, políticas, leyes que aplicar, medidas que implementar, cálculos que dicen tal, porcentajes que indican cual, números, mails y llamadas que te llevas de vuelta a casa al salir del trabajo, como si fueran algo importante. Y sales corriendo porque tienes que llegar a tiempo para preparar la comida, estudiar inglés y hacer algo de deporte, que si no cuidas la maquinaria no sirve de nada todo lo demás.

Pero en la clase de spinning piensas en que tienes que ir a comprar, que la camisa que te quieres poner mañana no la tienes planchada, que no se te puede olvidar felicitar a Fulanito porque se pone de morros o que tienes que ir pensando en qué ropa tienes que preparar porque en dos días te vas de viaje y no sabes si te dará tiempo a poner ese par de lavadoras. Y lo de pintarme las uñas… bueno mañana aguantan así, ya si eso otro día, que la belleza es superficial.

Así de lunes a viernes, si tienes hijos es aún peor, los malabares para llegar a tiempo al colegio, guardería, extraescolares, cumpleaños, etc… Y eso con suerte de que no se te pongan malos y tengas que empezar a pedir favores.

El fin de semana, no es para descansar, es para hacer todas esas cosas que no puedes hacer entre semana, como limpiar, hacer la compra, ir al Ikea… y como hay que ser cumplidos, para asistir a los eventos sociales que surjan, ya sea familiares o amistosos, porque ahora lo celebramos todo. Y si eres de los que prefieren quedarse en casa a descansar y para un momento, en vez de probar la última novedad o salir todo el finde de copas, prepárate, ya serás antisocial, aburrido, o te dirán que te encierras mucho en ti mismo.

Y esta es la felicidad que te venden cuando eres adolescente y tienes que elegir carrera o vida. Haz las cosas que nos hacen a todos normales: carrera, hipoteca, pareja, hijos, trabajo estable de funcionario o en una gran multinacional. No importa que te guste, a nadie le gusta, lo importante es llegar a fin de mes con la lengua fuera para poder pagar todo lo demás. Y así todos contentos, sistema financiero, sociedad, familia. Otro más que ha caído en la trampa de la normalidad.

Hay días, que al menos yo, cuando caigo rendida en la cama, me autoengaño y me digo: «que guay eres, que independiente, lista, trabajadora, hoy has llegado a todo». Y no sé si justo después de escucharlo en mi cabeza es cuando empiezo a pensar en que soy todo lo contrario, que me importan un carajo las cifras, estadísticas y las chorradas variadas con las que trabajamos a diario, que no son más que vacío, que no roban sonrisas, ni mucho menos las fabrican. A ratos, me siento idiota por haber comprado este pack de felicidad enlatada. Pero, ¿puede hacerse de otra manera cuando el pack es lo que te enseñan que es lo correcto? ¿cómo se sale de lo normal?

Esta mañana he comenzado resoplando. ¿Y vosotros?

Nos leemos impares

P.d.: El dentista encima me ha hecho un poco de daño…pero momentáneamente me he alegrado de trabajar con números y no trasteando los dientes de los demás.

By Impar

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