Relato: Martín y Sofía

Este relato fue de los primeros que presenté en un concurso. Tiene casi todos los fallos de un escritor primerizo, fallos que ahora me siento orgullosa de detectar. 

He creado la sección de “Mis relatos fracasados” para colgar en ella todos los relatos que he ido escribiendo y presentando a diferentes sitios y que por mi inexperiencia o inmadurez han sido rechazados. Una vez leí que cuántos más fracasos acumulase más fácil sería llegar a un pequeño éxito, así que este es el camino de baldosas amarillas hacia éste.

Aquí lo dejo.

Impar

Querido Martín:

Te dejo esta nota aun sabiendo que será lo último que leas cuando me busques. Mirarás todas tus cuentas de correo, reiniciarás el teléfono por si te he escrito un mensaje, mirarás tu cuenta de Twitter por si te he dejado un MD y luego cuando estés sentado en el filo de la cama sin saber lo que está pasando recordarás haber visto esta nota en el recibidor.

Me voy. No me busques, no quiero más de ti, no quiero más Martín, no quiero ser más tu esposa, no quiero ser más la madre de tus hijos ni esa mujer extraordinaria que se esconde detrás de ese gran hombre que todos suponen que eres. Quiero ser Sofía, mujer madura, con dos hijos de su madre y en un futuro abuela de sus nietos.

Te preguntarás, ¿por qué ahora Sofía? ¿por qué después de 38 años de matrimonio? ¿Por qué ahora que estás a punto de jubilarte y vas a tener tiempo para mí? Pues porque no quiero tener que compartir más tiempo contigo. Hemos compartido demasiado: tiempo de novios, tiempo de matrimonio, tiempo de padres, tiempo de ser esposa de, tiempo que ahora quiero dedicarme a mí.

No te quiero, no como te quería al principio, te tolero, te tengo cariño en los días buenos y respeto el resto. Pero no hay más. Sé que tú tampoco me quieres, no por esa amante que has tenido y que tan mal has disimulado, sino por todos esos momentos en los que estuvimos juntos sin estar. Descubrí que no me querías el mismo día que me di cuenta que yo tampoco te amaba: el día que Elena cumplió 5 años.

Organizamos una pequeña fiesta para la familia. Nos levantamos los dos temprano, ni si quiera nos dimos un beso, mientras tú te afeitabas yo te recordaba todas las cosas que tenías que hacer al terminar de trabajar: tú sólo respondías con un forzado vale. Mientras desayunabas yo levantaba a los niños y cuando Elena se acercó a ti y tú la cogiste en brazos y le decías lo guapa que estaba con 5 años, yo sentí envidia, porque ya no recordaba cuándo fue la última vez que alguien, tú, me había hecho sentir un poquito especial.

Mateo vomitó la leche queriendo otra vez y ambos comenzamos como dos autómatas perfectamente sincronizados nuestras tareas diarias. Llevaste a la niña al colegio, yo cambié a Mateo y lo llevé conmigo a hacer la compra, preparativos, trabajo, más preparativo, recibir a tus padres, a los míos, a tu hermana Laura a la que por cierto siempre he odiado, a mi hermano Pedro con sus dos hijos en modo terrorista y a ti que llegabas tarde con la tarta. Cuando cantamos el cumpleaños feliz y mi cuñada María le dijo a Elena que pidiera un deseo, yo cerré los ojos y formulé el mío: no quiero seguir viviendo esta vida.

Pero la viví, porque, ¿qué tipo de vida podía dar a nuestros hijos si nos separábamos? ¿Qué dirían de ellos en el colegio? ¿Cómo podrían seguir teniendo una vida tranquila si tú y yo no seguíamos juntos? Así que cuando sentía que no podía más, los miraba a ellos y continuaba otro día.

A los cuatro años de aquello, llegó ella, Ana. Sé que te esforzabas mucho en qué nadie supiera nada, en no dejar prueba alguna, en seguir siendo el padre de familia y marido que debías ser. Incluso me regalaste un viaje a Paris para uno de mis cumpleaños. Pero se te olvidó esconder la evidencia que más te delataba: eras feliz.

Me di cuenta al poco tiempo que había otra, pero tardé tres años en saber quién. Al principio me sentía dolida, puede que incluso humillada, pero en realidad estaba celosa, no de ella, de ti, de esa felicidad que yo me había negado y tú habías conseguido sin mi permiso. Pero nuestra vida cambió, cambió a mejor, tú estabas de mejor humor, como te sentías culpable me tratabas mejor, ayudabas más en casa, pasabas mucho más tiempo con los niños y menos conmigo y entonces yo empecé a disfrutar de mi soledad, de mi tiempo libre, de pensar sólo en mí, de descansar, de no tener que poner excusas para no acostarme contigo y ahora en vez de fingir que me gustaba sólo fingía en ese polvo autoimpuesto por nuestro aniversario que no me daba cuenta que pensabas en ella.

Ana nos regaló 6 años de estabilidad y paz. No sé muy bien por qué la dejaste marchar, ¿se cansó de ser la otra? ¿de que tú encontrarás un viaje para estar con ella? ¿Se cansó de ti como yo? Al igual que no supiste esconder tu felicidad tampoco escondiste tu desdicha. Fue una pena, Ana nos hacía felices a los dos, a los cuatro. Pero un día se fue y al año la vi en un stand de la feria del libro firmando autógrafos. ¿Te dejo para ser famosa? Perdona tanta insistencia, siempre me he preguntado por qué fue más valiente que yo para dejarte.

Luego los niños crecieron, se hicieron independientes y nosotros envejecimos. Seguíamos haciendo las mismas cosas, celebrando nuestro aniversario con un viaje los dos solos en el que ambos contábamos las horas para volver. Yo dejaba constancia de nuestra felicidad fingida en todas las fotos que luego me encarga de enseñar a toda la familia y amigas. Que nadie dude que la familia Vergara no es una familia feliz y normal.

Porque la normalidad siempre ha sido lo más importante para nosotros. Que nadie diga que Sofía no cuida bien de su casa y de sus hijos, que nadie pueda decir que Martin no es todo un padrazo, que los niños saquen buenas notas, nada de extravagancias como ser cantantes, músicos o el baile. Una buena carrera de economía para Elena y fútbol e ingeniería para Mateo.

Nunca contamos el día que Elena llegó borracha y vomitó en el paragüero o el día que vimos a Mateo besando a otro chico.

El año que Elena terminó la carrera, recuerdo que me emocione mucho. Tanto que me puse a llorar con ella. Mi niña ya era una mujer y en nada se iría de casa. La miré y le dije: No te imaginas lo orgullosa que estoy de la mujer en la que estás a punto de convertirte. Ella me abrazó y me dijo: si tuvieras que darme sólo un consejo para el resto de la vida, ¿cuál me darías?

Creo que ella esperaba una respuesta tonta o divertida, pero le dije: Que seas independiente, que te puedas ir cuando quieras irte.

Entonces comenzaron un sin fin de preguntas, fue como abrir la caja de pandora ante una chica que a sus 23 años aún creía en las películas que veía de pequeña. Aquella tarde se acabaron los príncipes azules, los felices para siempre, la familia normal para ella. No sé si hice bien o mal en contárselo, creo que desde entonces se siente culpable de nuestra infelicidad y por eso desde ese día me esfuerzo en demostrarle que ella y Mateo fueron lo que dio sentido a mi vida.

Me equivoqué al no irme, me equivoqué al centrar mi vida sólo en mis hijos y en un matrimonio de apariencias para que tuvieran una infancia normal. Me equivoqué dejando de vivir. Pero en las mismas circunstancias creo que lo haría todo igual y tú también.

Desde ese día nuestra hija, cada vez que me vía mal insistía en que me fuera. Yo no me esforzaba ya en disimular y tú hacía tiempo que te daba igual lo que pensara yo, la familia o los demás. Pero nunca quise hacerlo, ¿sabes por qué? Porque en lo único que era capaz de pensar era en: y ahora con cincuenta y tantos años, ¿cómo empiezo? ¿Me voy y te dejo todo por lo que he peleado en la vida, mi casa, mi apartamento en la playa? No quería dejarte ganar, cuando claramente eso me llevaría a mi propia derrota. Si había aguantado 30 años a tu lado, ¿por qué no 20 más? Además, siempre he conservado la esperanza de que un día, por arte de magia, nos levantaríamos y todo sería como al principio, con palabras amables, con largas conversaciones, con planes de futuro que queríamos vivir de verdad. Ese día nunca llegó y una mañana me levanté y al mirarme al espejo comprendí que no quería seguir siendo la Sofía que era madre de unos hijos que ya no estaban, esposa de un marido al que no quería. Ese día salí a la calle, comí fuera y no te importó, ni llamaste para preguntar qué pasaba. Repetí varias veces más, ¿y qué sucedió? Nada. No hubo un ¿te pasa algo? ¿te encuentras bien? ¿te has apuntado a clase de pintura? Nada. Te daba igual.

He alquilado un pequeño apartamento cerca de Elena. He vuelto a coser y con eso y el dinero de la herencia de mi madre creo que podré ir tirando. Te deseo la mejor suerte del mundo. Has sido el mejor padre posible para mis hijos. Suerte

No intentes volver a verme de momento.

Adiós.
De: martin.lopez@gmail.com
Para: sofia.alvarez@gmai.com

Querida Sofía:

Me voy de casa. No me esperes, no voy a volver. Quédate con el piso, con el apartamento de la playa, con todo lo que quieras. No me llevo nada, ni ropa. Siempre decías que el que se queda se lleva le peor parte y no quiero que te quedes con esa sensación.

Ana falleció hace dos días. A estas alturas creo que no hace falta fingir que no sabemos quién es. No sé el tiempo que nos queda de vida, pero no quiero pasarlo a tu lado, no puedo estar de luto por la mujer de mi vida con la mujer con la que decidí arruinarla. Lo siento Sofía, sé que lo has intentado y me has regalado algo que nadie más podría regalarme: a Elena y Mateo, pero he pagado con años de no sentirme hombre, de no sentirme especial, de no sentirme nada, ese precio.

Se acabó ese abismo en nuestro dormitorio, esos silencios que gritaban, todas las palabras que nunca dijimos.

Adiós Sofía.

Martín

Fotografía: Unsplash

By Impar

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