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Cuando nadie me ve

Cuando nadie me ve

Cuando nadie me ve, llevo el pelo recogido y el sujetador junto con todo lo que aprieta, desaparece de mi cuerpo.  También voy descalza y me siento en el suelo a escribir, porque está fresquito, porque me gusta la perspectiva de las cosas desde abajo y porque me recuerda a mis tardes en el campo, sentada en un viejo cojín en la lonja, jugando con las Nancys y mis primas.

Cuando nadie me ve, canto y bailo como si fuera la siguiente ganadora de Got Talent. En mis sueños soy una gran cantante pop, con la garra y poder de Beyonce pero con la elegancia y el cuerpo esbelto de Taylor Swift. Y lo mismo me arranco con una canción de la más grande que con Shake it off, la canción mágica que expulsa todas las penas impares.

Cuando nadie me ve, sobre todo los domingos, me gusta dormir la siesta a la una de la tarde, justo antes de comer tras tomar un ligero picoteo. Y luego despertar lentamente, calentar la comida y ver una película mala de Antena 3, por si me quedo otra vez dormida después.

Cuando nadie me ve, abrazo mis piernas e intento no pensar, simplemente vaciar mi mente, sacar lo bueno y lo malo y concentrarme en estar, aquí, ahora, sin que nada ni nadie más importe.

Cuando nadie me ve, me gusta acariciar mi barriga, esa parte de mi cuerpo que siempre quiero perder y a la que tengo amenazada con verdura, fruta y vida sana. Así nos recordamos que somos la una parte de la otra, no importa lo infladas que estemos las dos de gases, líquidos o de exceso de malos pensamientos.

Cuando nadie me ve, al llegar del trabajo, por la tarde, me tiro en la cama cinco minutos y cierro los ojos. Y en silencio recuerdo el por qué de todo, de lo que soy, de lo que hago, del camino que recorro. Y a veces me quedo dormida un rato, pero no importa, porque nadie me ve ni me vigila.

Cuando nadie me ve, me avergüenzo de ser tan yo en mis cosas malas, en los pensamientos que no me aportan nada, en los comentarios que no debería haber dicho, en las cosas que no debería haber hecho. También en aquellas que debería haber dicho y hecho pero se han quedado ahí, paralizadas por el miedo o la pereza del ¿y si…?

Cuando nadie me ve, hago esquemas mentales de cómo repartiría 10 millones de euros si me tocara la lotería, aunque nunca juego, pero me gusta pensar en la tranquilidad que repartiría y que ahora, en este momento, ya soy rica, porque no dejaría de hacer nada de lo que hago, aunque puede que lo hiciera mejor vestida.

Cuando nadie me ve, ensayo los agradecimientos del Premio Planeta y la entrevista que me hará Risto Mejide preguntándome sobre la vida, el amor, el gobierno y algún tema doloroso, pero normalmente necesario.

Cuando nadie me ve, escucho a los Backstreet Boys y si tengo espacio, hago la coreo de Everybody, ya que aun queda algo de esa niña que los escuchaba en bucle que necesita salir, cuando la mujer que habita en mí se pone muy intensa. Y sigo cantando a la perfección todas las canciones, porque las letras que aprendiste de adolescente, es como montar en bicicleta, no se olvidan nunca.

Cuando nadie me ve, soy una combinación infinita de posibilidades, esperanzas, sueños y milagros, donde todo se puede, donde nada es imposible o está tan lejos. Pero cuando alguien mira, sólo soy yo, menos Impar-able y más humana, menos soñadora y más realista, menos corazón y más cabeza.

Tal vez, no deberíamos mirar más allá de nosotros mismos, porque cuando nadie nos ve, cuando sólo nosotros somos capaces de vernos de verdad, conseguimos grandes cosas.

Nos leemos impares…

By Impar

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